Escoger dentista es una de esas decisiones que se posponen. Cuando funciona, es una relación que acompaña durante décadas y que afecta a algo tan cotidiano como comer, hablar o sonreír.
En Aluche, uno de los barrios con más vida del suroeste de Madrid, hay clínicas para elegir. Y justo por eso merece la pena tener claro qué se compara.
Quién te va a atender. Preguntar quién hará el tratamiento y si esa persona seguirá allí dentro de un año no es desconfianza, es sentido común. Un tratamiento largo, como una ortodoncia o una rehabilitación sobre implantes, se resiente cuando cambia el profesional a mitad de camino.
Primero el diagnóstico, luego el precio. Una clínica seria explica qué pasa, qué opciones hay y qué consecuencias tiene ver más no hacer nada. Si el presupuesto llega antes que la explicación, hay motivo para desconfiar.
Cuidar frente a vender. Buena parte de lo que llega a la consulta se habría evitado con revisiones periódicas. Cuando el profesional insiste en la higiene y en las revisiones, está trabajando para que vuelvas menos, no más.
Qué se está usando. El paciente tiene derecho a saber qué implante lleva puesto, qué material se ha usado y qué garantía tiene.
Cercanía real. Un tratamiento con varias visitas se abandona con facilidad si la clínica queda lejos. Que la clínica esté en tu barrio es, en la práctica, lo que hace que termines lo que empiezas.
Aplicando estos criterios, la decisión deja de ser una lotería. El resto, la decoración o la publicidad, pesa mucho menos de lo que aparenta.